“Vanidad de vanidades”―dijo el Predicador” (0) resonando el eco milenario de una advertencia: “todo en la renuncia es vanidad”; vanidad y sufrimiento. Cualquiera alma que renunciara a cosa en vida (1) estará, inevitablemente, sujeta a consecuencias (2). Pues Renunciar no es siempre liberarse; al contrario, puede significar desprenderse de lo que nos da identidad, desde aquello que sostiene nuestros afanes más profundos y propósitos vitales. Así, aquel sea por especular o alcanzar una recompensa, que opte por la renuncia se asemeja al necio que asiente frente a la afirmación de una sola verdad: que es engañador engañado, incapaz de desprenderse de lo eventual para comprender, de una sola vez, lo verdaderamente eterno en una elección que condena pues “el alma, que en el mundo vuestra ley divina no gozó, ahora pene en el Orco”(3). «Ninguna eternidad proveerá lo que no se supo coger en el momento». La vida de todos los hombres se halla cruzada por sueños que fueron soñados despiertos; una parte de dichos sueños son simplemente una fuga banal, también enervante y presa para impostores; pero otra parte incita, y nos permite conformarnos con lo malo existente, es decir, no permite la renuncia. Y, si bien, está aquel que afirma que: “con dolor penetra el pensar del presente un deseo vano del pasado, triste aún: decir he sido"(4), más triste es constatar, afirmando: No he sido Jamás! lamento de aquel que renunciado a vivir intensamente, ha perdido la posibilidad de forjar una identidad auténtica, atrapado en la vanidad de un presente de promesas sin promesas. La condena, pues, no recae solo en el sufrimiento de la existencia futura, sino en la sombra eterna de una posibilidad no realizada de lo que pudo ser pero por temores y renuncias, nunca llegó.
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