Pensar algo que no nace de la propia experiencia y de nuestro horizonte propio, es una forma de invasión de la interioridad, y a la vez desarraigo al atender lo impropio (de alejarnos de los propio y nuestro). Y, sin embargo, a veces lo pensamos: no por vivencia de alguna cosa propia (que deberíamos pensar ciertamente), sino por imposición y exposición; por imposición: ya desde pequeños en el colegio no pensamos lo que observamos sino lo que nos dicen por mandato que debemos pensar; pero igualmente ocurre lo mismo por exposición: a la guerra y dolor ajeno, por ejemplo, y transmitido por los medios de comulación (sobre todo por la televisión), donde la catástrofe es y es instrumento de enriquecimiento, que transforma a ritmo de noticiario (Eso) que no lo hemos vivido ni sentido, pero luego sentimos y pensamos (con sus consecuencias). Porque las imágenes entran de alguna manera en nosotros, lo mismo que el lenguaje del otro se nos cuela, avece mientras estamos comiendo. Porque lo remoto, a fuerza de repetirse, se vuelve ruido interior. Los medios (y entendamos esto) no solo informan: generan sensaciones y son los responsables de estas sensaciones en nosotros (esto implica: cuando fabrican una urgencia que no sabemos a quién pertenece, pero nos perturban con lo que no debería tocar tan cerca, en el nombre del “interés”, de la “audiencia”. Y lo peor:
Entonces, y más allá del qué debemos hacer que es antes apagar la televisión, luego ¿cómo pensar esto? O ¿cómo pensar lo que no se ha vivido? ¿Cómo distinguir lo que debemos sentir y sentimos de lo que nos ha sido inducido a sentir? ¿Qué parte de nuestra angustia es nuestra? ¿Cuál es el reflejo de una realidad impuesta? Y Antes incluso de cualquier estudio, antes de cualquier tesis, aparece esta pregunta: ¿Cuál es el pensamiento que me pertenece y cuál me ha sido prestado o inculcado sin yo saberlo? (Todo ello encierra un sentimiento de vacuidad (desde la falta de realidad objetiva, que lleva a la confusión de creernos un falso conocimiento (de algo) que no-es lo establecido desde la real naturaleza de una cosa propia, esto es: sin la percepción directa, inferencia o consecuencia de esta como testimonio valedero, de uno después (7-10 Str.Pj);
Hay pensadores que han reflexionado profundamente sobre esto, que es→ la experiencia no vivida que nos afecta o realidad mediada e intervenida de una percepción inducida, y luego entendiendo: la necesidad de recuperar lo real desde uno mismo las cosa mismas. J.Baudrillard habló de la hiperrealidad donde los medios ya no representan la realidad (de uno) sino que la sustituyen (por la de los otros) eso nos imponen y crea opinión. Según él, vivimos rodeados de imágenes que no remiten a nada real ni propio de uno, pero que sentimos como si fueran más reales y propio que lo propio vivido: es de lo que hablamos después y con los amigos y discutimos. Esto genera una especie de “muerte” de lo real” y “Un dejar de ser→ del pensamiento de las cosas que son desde uno mismo”. M.McLuhan dijo que “el medio es el mismo mensaje” y no importa tanto el contenido como la forma en que se transmite que moldea nuestra conciencia, y Virilio advierte que la sobreexposición a imágenes de violencia y catástrofe genera la percepción acelerada y fragmentada del mundo. Luego ¿Cómo pensar con lentitud lo que se nos impone con urgencia?
Desde la fenomenología, autores como Husserl y Merleau-Ponty insistieron en volver a la experiencia vivida de uno y apagar la televisión entonces es un gran paso para volver a sí mismo: al cuerpo de carne y hueso desde la percepción directa de las cosas, “El cuerpo es nuestro medio general para tener un mundo” Esta frase resume su idea de que no conocemos el mundo desde una mente abstracta, sino desde un cuerpo encarnado que percibe, se mueve y se relaciona. La percepción no es una función mental, sino una vivencia corporal y forma de resistirnos a la abstracción impuesta desde la opinión y discursos externos. Husserl , de otra manera lo mismo pretendía: “Volver a las cosas mismas” (Zurück zu den Sachen selbst) Esta es la consigna fundacional de la fenomenología, que nos llama a ser→ del pensamiento)de las cosas ) desde la propia experiencia tal como se presentan a (la conciencia que es→ siempre conciencia antes de algo” que luego de movernos en la realidad de lo mismo, es, alguna cosa después de uno) Aquí se subraya la intencionalidad de movernos: hacia el mundo y las cosas luego como propias el pensamiento después de uno. No esperar que nos traigan el mundo casa embotellado en una caja y explicado del otro como es (lo que es y es eso que nosotros ya debiéramos conocer por nosotros mismos si vamos a escuchar de alguna cosa del otro, para poder reflejarnos de su testimonio, o no (pero nunca de una opinión)
Más recientemente, se habla de alfabetización mediática filosófica, es decir: pensar críticamente lo que vemos, sentimos y creemos a través de los medios: Pero acaso puede uno críticamente pensar después lo que ve a través de los medios , si antes no puede o no pudo soportar y le repugna lo que se instala tras un titular que simula urgencia y atendemos dejando de comer para observar en la pantalla que no-es mi guerra, y no-es mi catástrofe, además, sin que luego nada en mí interior se estremezca ¿Por qué? ,
Hay quienes han intentado explicar esto desde lo que significa vivir en un mundo saturado de imágenes y estímulos, y de tragedias ajenas que se nos presentan como si fueran propias, sin darnos el tiempo ni el cuerpo para sentirlas de verdad. Susan Sontag intuyó: que cuando el dolor de los otros se convierte en imagen repetida, algo se gasta de uno y no-es que no duela, es que ya no sabemos cómo dolernos. En el contexto mismo de la sobreexposición mediática al sufrimiento ajeno, se produce ese fenómeno de desgaste afectivo que no-es insensibilidad, sino un desajuste entre la intensidad de lo que se muestra y la capacidad de uno procesarlo. La frecuencia de imágenes y dolor genera una saturación perceptiva que no anula la compasión se sospecha, y no sabemos cómo dolernos ni cómo responder emocionalmente / es fatiga que no-es pero es después esa frialdad propia de una desconexión entre la experiencia vivida y la representación mediada que evidencia la fractura entre lo visible y lo vivible, entre el acontecimiento externo y el tiempo interior necesario para sentir, elaborar y sostener, cada vez por menos tiempo, lo que no es nuestro, sino lo puesto, y a la hora de comer.
Y, sin embargo, a veces esto mismo no lo pensamos, pero pensamos: tomando lo foráneo y ajeno como si fuese lo propio, elevado después a discurso intelectual donde uno se posiciona y postula de lo que es lo que no es: por vivencia de alguna cosa propia y es (eso→ lo que no pensamos antes como impropio / de lo que deberíamos recapacitar después, en relación antes a entender: [Qué hacemos, y por qué lo hacemos: tomar lo foráneo-ajeno y elevarlo a discurso propio] no viendo: lo engañoso en la expresión verbal que resulta de palabras que no tienen después relación con la realidad (de uno mismo en lo concreto y propio acrecentado así el sentimiento de vacuidad: y falta de realidad objetiva / es decir→ sin desbordar y desbordarse del texto, sin habitarlo desde lo propio antes y ser→ del pensamiento, en relación a lo mismo del texto luego entendido y si se quiere explicado desde su propia perspectiva y entendimiento en una experiencia antes propia). Luego construyendo, claro está, alguna cosa propia. Luego y si el filósofo toma lo ajeno —del texto de uno: una la idea no propia← y lo eleva a discurso propio sin haberlo vivido, sin transformación, incurre en lo que llamamos “desarraigo ontológico”. Esto no es solo una falta de autenticidad o impropiedad, sino una forma de violencia epistémica: hablar desde un lugar que no se ha habitado de ninguna manera y entendido después de ninguna cosa propia. El filósofo que se da cuenta de esto, si es honesto, debería detenerse y no hablar antes de decir: nada. No porque tenga que callarse algo, sino para reconfigurar su relación con el texto: no como de algo (y nada propio) sino como interlocutor de alguna cosa que podemos entender luego propia profundizando en la exigencia desde unomismo de habitar lo pensado antes de elevarlo a discurso:
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