Ese lugar olvidado (de él) / jorge maqueda merchán / jordi maqueda (Aceuchal 06207 (Badajoz -España)



 Hay un lugar olvidado al Ser, que es origen de todos los deseos e, igualmente, punto de partida en el que es forjado el destino de toda vida. Un lugar vivido antaño de manera absoluta, ahora deshabitado y, que de ser buscado habrá de hallarse en algún momento perdido y preciso de la niñez: apenas, sostenido éste en el presente sobre un reflejo indefinido de Aquelloo: y caudal del tiempo como un torrente que derrumbándose advierte a remolino y la memoria siempre evita. De modo, que solo una esperanza alberga quien llegado a la mitad del camino conserve un hilo de cordura: "agarrarse a él con todas las fuerzas". Pues aquellos fundamentos que gobiernan los misterios del universo, comienzan como engranajes de un viejo reloj a temblar, avanzando en movimiento infinito, sin vuelta atrás; cuando dos niños en la roca sentados, imaginando historias en silencio contemplan con la vista perdida en el horizonte y la esperanza labrada en el tiempo, sobre “la difusa silueta” de un sueño, forjado entre el murmullo sibilino del viento y el rugido furioso de olas que golpean los límites impuestos al mar.

Nos movemos de nuevo desde ese del Ser que se presenta “de la difusa silueta en un sueño” como el origen silencioso de todos nuestros anhelos, el punto de partida oculto donde se forja el destino de toda vida desde que somos unos niños. Es en esa morada interior, en apariencia deshabitada y casi mítica de él, que guarda los vestigios de una niñez plena y absoluta; un tiempo en que la existencia se vivía sin reservas, en un estado de conexión íntima con el universo. Con el paso del tiempo, este refugio se diluye en la vorágine del presente, emergiendo tan solo como un reflejo indefinido de "aquelloo" que se nos antoja distante y evanescente, y caudal de un torrente de memoria que, imparable, arrastra tanto los sueños como el dolor, invitándonos a comprender que en el tejido del tiempo se entrelazan tanto la belleza de lo vivido como la fatalidad intrínseca a la propia existencia, y que es precisamente en ese contraste donde se halla la semilla de nuestro ser.

Lo que adquiere una dimensión aún más poética y personal es cuando el reloj no es meramente un medidor de tiempo, sino símbolo de la memoria y la infancia pérdida, como testigo silente que acompaña el flujo del destino en la transformación del ser. Aquí los engranajes tiemblan al compás de un destino inalterable en la dualidad de lo vivido: la belleza y la melancolía de los momentos casi olvidados que, aunque efímeros, siguen latentes en el rincón más profundo de la existencia de cada uno. De este modo, el tiempo, a pesar de su naturaleza implacable, nos abre la posibilidad de reconstruir y Re imaginarse y ser→ encendiendo en el presente esa chispa inevitable que impulsa a retomar, contra la corriente del olvido, la esencia de quienes fuimos y la promesa de lo que aún podemos llegar a ser desde "Ese lugar olvidado (de él)" —donde se vislumbra un origen primordial de anhelos y sueños en esa íntima recámara, perdidamente ligada a la niñez y al fluir del tiempo— donde como Bachelard encontramos la poética de los espacios que habitamos —ya sean de una casa o esos reinos inexplorados de la memoria— que nos remiten a ese sitio primordial donde se forjaron nuestros deseos más genuinos.

De ahí la importancia de volver la mirada hacia esos recónditos lugares interiores, donde confluyen la experiencia vivida y los ecos de la inocencia; es allí donde se origina el surco que es nuestro destino. Y es precisamente al "agarrarse" a ese hilo de cordura, a esa esperanza que se anida en los vestigios de la niñez, que emerge la capacidad para trascender las limitaciones del tiempo y la lógica fría, para abrazar la totalidad de lo que somos, con sus luces y sombras, en una experiencia de vida que se configura como obra de arte y manifiesta de forma especialmente resonante desde ese "lugar olvidado" que se erige como el origen de todo anhelo y punto de partida de él, donde la memoria oscila entre la vibración de lo vivido—cargado de anhelos y emociones primitivas—en la erosión implacable del tiempo, que arrastra consigo la claridad de lo inmediato. Así, lo soñado y lo real se entrelazan en el caudal de aquelloo que, al igual que en las meditaciones existencialistas o en relatos míticos, nos recuerda que el vivir auténtico radica en abrazar como un torrente ambas facetas: pues la belleza del recuerdo, aunque se desvanece, permite labrar nuestros destinos, y la aceptación de que en el diálogo entre sueño y constatación se forja la verdadera esencia del Ser que nos invita a meditar sobre la naturaleza efímera y ambivalente de la experiencia humana. Por un lado, lo vivido—con todas sus luces y sombras—se desliza en la memoria como un sueño, o serie de imágenes y sensaciones que a menudo se mezclan con la ilusión, el anhelo y la imprecisión del recuerdo. Por otro, esta experiencia debe ser confrontada por la cruda constatación de la realidad, donde cada evocación se funde con la inevitabilidad del olvido. Este contraste ha sido meditado profundamente por pensadores existencialistas, quienes reconocen que la existencia se define justamente por este ir y venir entre la presencia de lo vivido y el persistente espectro del olvido. A la par, las tradiciones míticas antiguas—ya sean los relatos mesopotámicos, griegos u orientales—utilizan símbolos y arquetipos que vinculan el despertar del sueño con el advenimiento inexorable del tiempo, marcando la memoria como un terreno de lucha entre lo etéreo y lo tangible desde la sombra de ese "viejo reloj" que evoca la noción del tiempo y fuerza inexorable, que resuena en la literatura existencialista al recordarnos, con cada tic tac, la ineludible marcha del destino. Este reloj, de engranajes desgastados y pulso constante, simboliza la naturaleza implacable del tiempo que, sin detenerse, arrebata momentos irrepetibles y nos sumerge en la angustia de la finitud del ser. En la obra de autores como Sartre y Camus, el tiempo es percibido como un torrente (aquelloo→ imparable que nos confronta con la realidad de nuestra mortalidad, demandando una existencia auténtica y consciente en cada instante). La insistencia de la irremediable progresión del reloj nos fuerza a meditar sobre el valor de vivir intensamente, pese a la certeza de que cada segundo que pasa nos acerca a la conclusión inevitable de nuestro relato y de un espacio vital de los que Bachelard propone estos espacios no solo como contenedores físicos, sino escenarios reveladores de nuestro mundo interior, capaces de despertar recuerdos, sueños y emociones que trascienden la funcionalidad práctica. En su aproximación fenomenológica, lo cotidiano se transforma en algo casi mágico; cada rincón o nido se carga de simbolismo, siendo testigos vivos de la forma en que la imaginación moldea nuestra percepción del tiempo y el ser. Este texto espero invite a abandonar una visión meramente racional y a sumergirse en la experiencia sensorial y emotiva del espacio, permitiendo que emerja una poética que se alimenta de la memoria y la evocación de la infancia de cada uno, luego en lo personal aportando aquellos elementos esenciales que configuran no solo del presente, sino de nuestro presente, también la manera en la que proyectamos nuestro propio destino.

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