Del mismo modo que les ocurriera a aquellos inocentes pastorcillos que dicen las líricas, poblaban antaño la fértil región del Peloponeso: crecemos convencidos de hallarnos en un fabuloso paraíso en el que alimentamos deseos y esperanzas, imaginando, trasladarlas algún día a buen fin. Sin embargo, cuán cruel se manifiesta, en ocasiones, a los hombres su destino pues suele ocurrir que a poco de iniciado nuestro camino, apenas habiendo recorrido unos míseros días, comprobamos —consternados ante la evidencia—,3.1 que debemos hacer frente a una realidad distinta —tan inminente como ineludible— preñada tormentos, calamidades y sufrimientos; tal que así nos fuese esta, en forma de advertencia y sobre una siniestra pintura revelada por Guercino (4); sirviendo atenazar, con la turbadora presencia de aquella faz descarnada, la liviana existencia de cuantos en ella reparan: devorando toda fantasía que unas joviales almas pudieran todavía albergar Y Es en ese preciso instante que —siempre extrapolado a nuestro dominio— a todos nos ha de llegar; a saber: “paralizados ante la oportuna osamenta” e intuyendo “el comienzo de aquello que ya no podremos soportar”; no ya un «ser o no ser» sino un «tener que ser» a pesar de «no-poder ser»; cuando reconoceremos en la vida la terrible miseria de esta. Advirtiendo, acaso muy tarde, la inminencia opresiva de esa lucha terrible y final entre las dos posibilidades, “llegar a ser plena y definitivamente o dejar totalmente de ser «quedar en nada»” (5). Será entonces, entre el rechinar de dientes quebrándose unos con otros, y desbordados por la angustia y el llanto impotente de la desesperación, al sentir cercano el alarido de la mutua matanza, cuando recordemos, posiblemente, y al igual que debieron hacer aquellos inocentes pastorcillos que magistralmente pintara Guercino, las palabras de Dante, que apenas iniciado su camino temeroso decía: «Extraviado me vi por selva oscura; que la vía directa era perdida: ¡Ay cuanto referir es cosa dura de esta selva agreste y fuerte, que aún conserva el pecho la pavura!». — (Divina comedia; canto I)
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(1) Yo también nací en Arcadia,
(2) Renuncia
(3) Arcadia: región montañosa de la Grecia antigua, en la parte central del Peloponeso, habitada por Arcadios o arcades, pueblo de pastores y que las ficciones de los poetas convirtieron en la mansión de la inocencia y la felicidad.
(3.1) que entendemos como advertencia
(4) (Et in Arcadia ego), «Y en Arcadia yo...». Título del primer cuadro conocido, en el cual se utiliza dicha expresión y Pintado por Guercino en 1618. la frase parece no estar acabada y quizá no sea casualidad; pues el misterio ha rodeado desde hace siglos todos los cuadros relacionados con Les Bergers y pastorsd´Arcadia; sobre todo, los realizados por Poussin . Si bien, de ese mismo misterio se deduce que algo inquietante aguarda en el camino, la muerte quizá, como parece advertirnos la calavera que figura en el cuadro de Guercino, y que los pastores sorprendidos no dejan de observar.
(5). Del prólogo de Pedro Laín Entralgo (Las máscaras de lo trágico: Filosofía y tragedia en Miguel de Unamuno) de Pedro Cerezo Galán. Referida la frase a Unamuno.
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