Si pretendemos averiguar de las cosas que acontecen a los hombres, lo más apropiado entonces, es mirar de los propios hombres en ellos. Por esto, en muchas ocasiones vuelvo la vista sobre mí mismo, buscando desde aquello en uno mismo a priori ambiguo o indefinido (y en general) que le acontece a uno. Así no es igual para mí, hablar de aciertos y errores (opinando), que hacerlo desde mis propios actos que, por cierto, sólo han sido míos y por los que no puedo señalar a nadie más que a mí mismo; y en este sentido pudiendo hablar de saltar del barco: un barco en el que hubiese encontrado “la felicidad absurda de los otros” y que a priori puede parecer inverosímil sino duro, pero más duro hubiese sido dejarme arrastrar e irme a pique junto a las miserias que quedaron abordo. En la vida la cosa más fácil es equivocarse y lo más difícil darse cuenta uno de ello y reconocerlo. No hay indignidad en la retirada de lo que le causa a uno malestar. El océano de la vida es inmenso, y sólo deseo poder elegir el momento adecuado para retomar mi rumbo y volver a mi propio camino con naturalidad. Al hacerlo, quiero dejar atrás lo que, desde el recuerdo, me produce la angustia de sentir que estamos en un lugar impropio que no nos pertenece ni deseamos, y es por ello, que hay que saber elegir (desde sentir) evitando todo cuanto produce ese mal estar, o las personas que lo causan, esas que fingen afectos en lugar de tenerlos. Sin embargo, si hay algo en esta vida mucho peor que cometer errores y es, es precisamente después (no reconocer de ellos el acierto de cometerlos) para poder reconocernos igual (y de la caída de uno mismo en ellos) luego remontando hasta encontrar ese lugar y destino donde somos nosotros, por nosotros y para nosotros mismos los únicos responsables de nuestros actos, de nuestras emociones, pensamientos y nuestras decisiones; y, por lo tanto, tenemos la opción de decidir por qué, ante qué o a quién consideramos participe de nuestro camino (donde advertimos otras personas que están pérdidas en la nada, en tierra de nadie, deambulando el laberinto de la existencia). Esto quiere decir, que la conexión con el otro o los otros es importante (…) para no perder la dirección correcta, y encontrar sentido a lo que hacemos en la vida; igual ocurre con los vínculos afectivos (familia, amigos, pareja) siempre y cuando, no se ponga toda la responsabilidad de ser feliz en ellos. Entiéndase vivir por y para ellos esperando (olvidándonos por completo de nosotros mismos), un error éste en el que se cae de manera recurrente y del que luego con los años, sobreviene el pesar de una vida determinada del ente social.
Sin embargo observamos→ de una persona cuando esta pretende individualizarse separándose de los demás hombres y cosas, que se encuentra incomunicado con las fuentes de las que se nutre. Y, en ese vacío extraordinario, no queda otra cosa más que reflexionar no encontrando objeto de juicio sobre otra cosa, más que sobre la nada en la que asienta su tristeza, y la angustia que es su consecuencia. Por lo tanto se trata, por encima de sólo reflexionar, de hacerlo adoptando una condición reflexiva apropiada, que permita indagar en nuestro interior la propia existencia, encontrando en ello los propósitos necesarios. Y si bien es cierto es que existen múltiples maneras de definir el sentido de la vida (tantas como personas) e, incluso, pudiendo cambiar nuestro propósito vital a lo largo de nuestra existencia. Se resuelve, que lo que importa primordialmente, no es dar un sentido de la vida a nivel general o universal, sino más bien de encontrar ese significado que otorgamos a un momento de un instante de lo dado en la mano, comprendiendo, que es a nosotros a quienes se nos inquiere: y contestando al sentido de la vida, respondiendo de nuestra propia vida al respecto y de un acto, y entendiendo, que aunque hayamos invertido tiempo, energía, esfuerzo y corazón, la vida, siempre es justa (aunque antes parezca lo contrario). Y que cuando las cosas van mal dadas, siempre tendremos dos opciones: aceptar que no podemos cambiar lo ocurrido y, por tanto, que somos víctimas de las circunstancias y el devenir; o bien, aceptar que efectivamente no podemos cambiar lo que nos ha ocurrido pero, sí nuestra actitud hacia ello. Pues el sentido de la vida siempre está cambiando: nunca cesa y a cada momento tenemos la oportunidad de tomar decisiones que determinan, si quedamos estando sujetos a las propias circunstancias o si bien actuamos con responsabilidad y libres de las trampas del placer y la satisfacción inmediata. La frase “Los hombres mueren y no son felices" es la constatación de que la vida se vive antes de sus promesas luego siempre hacia la misma conclusión enunciada y que expresa el absurdo en tanto que la vida es finita y no garantiza felicidad. El mito de Sísifo, desarrolla esta misma idea mostrando que, ante la falta de sentido que hay dos caminos: como Calígula uno es no aceptar de los límites la vida y buscar un absoluto imposible que conduce a la propia destrucción / o como Sísifo: la otra opción es seguir “empujando la roca― que es de la vida de cada uno su condena― con lucidez y rebeldía vital” observando desde el propio abismo lo que podría ser de uno en la propia vida y que de alguna otra forma lo no sea siempre y de la ira: después la cólera / a la vez que reconociendo de la propia libertad que no es y es→ lo que separa a Sísifo y su roca de la propia destrucción.
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