Todo parece confuso y ambiguo, salvando la convicción que despierta la noche: amenazante y siniestra, que perpetúa el horror de todo aquello que es muy antiguo. El abandono nocturno, con el paso de las horas confiere entender la soledad aniquiladora y absoluta de / frente a esa nada que crece precipitándose sobre uno mismo como un manto que oculta definiciones creando un escenario donde caos y orden se entrelazan en un abrazo en medio de la confusión, donde la noche, se alza inquebrantable evocando vestigios de épocas remotas que retumban en cada sombra convertida la bruma en lienzo de mitos y miedos primigenios en su forma más pura, ofreciendo una presencia que invita a adentrarse en los abismos con extraña fascinación.
El abandono con el paso del tiempo confiere entender la soledad más absoluta al deslizarse del abandono en la penumbra que impone la noche de forma más pura. Cada tic del reloj parece acentuar la sensación aniquiladora de soledad que no es meramente el silencio, sino una experiencia exterior absoluta que se impregna del alma. Donde la necesidad de tener que ser se revela en forma de urgencia, como un mandato emanado del mismo tejido del universo. Bajo el sonido omnipresente que todo lo envuelve, se percibe un torrente –una fuerza incesante que no debe ni puede parar de ser– marcando la existencia y recordando que, en el abandono, el ser se enfrenta sin intermediarios de nada que crece precipitándose en el umbral de la noche precipitándose sobre uno mismo con la frialdad de un destino ineludible. Es en este encuentro directo con lo vacuo donde emergen preguntas e inquietudes profundas: ¿qué queda cuando se despoja uno de todas sus seguridades? Esa nada, lejos de ser un mero vacío inerte, arrastra consigo de cada uno el peso de los silencios en las ausencias que no-son, dotándola de presencia casi palpable. Empujándonos a reconocer que la nada también es parte del todo, aquelloo que empuja y transforma, recordando que nuestra existencia se halla en un constante diálogo con lo ausente desde lo inexplicable.
Así, se convierte en testigo y partícipe de un devenir con la oscuridad, que no es solo telón de fondo de unas horas desveladas, sino aquel ente que moldea, redefine y revela el devenir del ser de cada instante transformado en experiencia que desafía la claridad de la razón y convoca a una mirada profunda sobre el instante presente. La amenaza de lo pretérito, la soledad y la nada que crece se funden en un concierto de sensaciones que, a pesar de su ambigüedad, se revela como fuente inagotable de introspección. Enfrentar la noche es, en definitiva, abrazar la complejidad del universo a través de otra forma en su prolongada falta de luz, donde él invita a tocar el misterio y sentir en carne viva la esencia del tiempo, en ese diálogo silencioso donde descubrir lo que significa es verdaderamente existir.
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