Regreso a Ítaca- Desde hace años me he vuelto a mirar de otra manera. Luego no es solo observar sino escuchar igualmente (se entiende que a otros) y ser de aquello mismo después de uno y de alguna manera: mejor. Algunos confundidos pueden llamar a esto "contemplación", pero no me confundan a mí con otro contemplador ausente del reflejo de la luz; pues nunca se deben cerrar los ojos a la realidad. Para mí, contemplar significa avanzar de frente hacia algo del medio y asumir la presencia de lo que se cruza en el camino sin esquivarlo; aunque a veces, esta forma de moverme o acercarse uno del impulso sin rodeos ni evasiones a las cosas, me ha causado algún problema, pues me lanza a ellas (las cosas mismas) situándome ante aquello antes que el propio pensamiento las entienda. Pero en ese avance ocurre algo: cuando observamos que es necesario detenerse (por ejemplo ante una viuda negra) y quedarse frente a ella de pie, lo mismo frente un objeto, persona y de una situación lo mismo—dejar ahí que los instantes se sucedan―, permitiendo que la realidad del medio se proyecte de la luz sobre nosotros reflejándonos una imagen no precisamente en aquel caso concreto una margarita.
Luego se observa (creo que de una manera u otra y lo observamos todos) que muchas personas viven atrapadas en la voluntad alejadas del propio impulso, sirviendo a deseos en la desatención suficiente para no escuchar lo que realmente debería ser atendido y cerrando los ojos a ese medio común donde ciegamente se aferran a lo que creen necesitar y nada más, ignorando lo que se presenta ante ellos de un significado genuino. Luego Saber escuchar—escuchar de verdad—implica primero entender desde escucharse uno mismo, y no solo seguir los dictados de una voluntad ajena redundando en lo que hacen otros: en la repetición continua de algo.
Pero este problema no es nuevo: "La utilidad material es el gran ídolo de nuestra época, y a él deben complacer todos los poderes y rendir homenaje todos los talentos."―Friedrich Schiller. En otras palabras, todo queda sometido a una razón práctica (de recompensa inmediata) en la afirmación de creer saber todo sobre lo que necesitamos que principalmente parece ser “el reconocimiento de los demás” como recompensa inmediata o primer estímulo al impulso de hacer nada; mas luego ignorando de los reflejos la llamada silenciosa de aquello que se presenta ante nosotros sin estridencias, solo esperando precisamente “ser reconocido”, es decir: esperando un poco de empatía por parte de nosotros cuando nos liberamos de esa voluntad ajena que reconocemos impuesta de los deseos (que reconocimos los mismos de otros) y manifiestos de aquellas cosas que deseamos o deseamos hacer y hacemos en la repetición (imitando) lo que hacían antes otros, pues Solo librándonos del deseo lo mismo de recompensa inmediata podemos de movernos a ver el mundo de otra manera: con cierta claridad no desde la perspectiva condicionada e impuesta de una necesidades impropias (o deseos ajenos) de otras voluntades que nos impulsan), sino desde un estado apropiado de conciencia del medio que nos proyecte del horizonte luego en la necesidad conforme de tener que ser (y movernos siendo de avanzar desde las mismas cosas que son frente a nosotros y reclaman de nuestra atención / a saber: si somos de alguna forma auténticos o bien solo un reflejo que se mueve de lo que dice el otro al mismo compás de los demás (y que sale corriendo ante una tarántula (solo porque si la molestas ciertamente puede morderte / en lugar de pasar unos instantes observándola sin molestarla).
Luego alcanzar esa objetividad (de poder ser / siendo después en la distancia corta / sin molestar) es un proceso de desprendimiento y separación respecto a lo de los otros impuesto (lo mismo el miedo como del deseo de recompensa inmediata), para finalmente encontrarse en el camino propio hacia alguna cosa concreta en tiempo y lugar—aunque el destino no se revele de inmediato; pues tanto conocimiento como destino no es o no son una meta estática, sino de un viaje continuo donde cada paso nos acerca (de las cosas que son) a una visión y percepción más completa de la realidad despojada de todo artificio. Solo en ese entendimiento del camino de uno se conquista una forma propia de estar (de sí mismo en el mundo (relacionándose) que no obedece del miedo ni se rinde a los dictámenes del deseo, sino que se proyecta del horizonte con una mirada renovada, auténtica y libre.
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