Placiéndose en las propias virtudes (el Problema) en efecto: mostrarse de ese público igualmente en la vanidad por defecto. Y me pregunto de cuándo se exhibe uno en público (placiéndose en las propias virtudes), si no encierra alguna extravagancia profunda: de un lado afirmar la integridad de un acto que se ve teñido de vanidad, en un despliegue constante de esos rasgos positivos en un acto de autoalabanza. Luego ser de la tentación de mostrarse orgulloso de lo que se posee puede, sin darse cuenta uno, convertirse manifiestamente hacia otros en una búsqueda perpetua de validación externa (o de reconocimiento por parte de los demás) Pero ¿por qué esa necesidad de reconocimiento? Luego, observemos, cuando que quien ostenta sus virtudes ante la mirada ajena como corre el riesgo de lo que debía ser una manifestación genuina de calidad moral / convertido después en una forma de arrogancia sutil, a veces casi imperceptible, pero que en última instancia delata una inseguridad subyacente y manifiesta del mismo acto en la necesidad de exponerse para ser reconocido.
Esta dinámica recuerda, en parte, a los relatos míticos en los que los héroes, a pesar de sus grandes hazañas, caen en la trampa del orgullo, lo que les conduce a su propia perdición— lo que de modo menos dramático sigue siendo un dilema constante del espíritu humano cuando desde de la necesidad existencial, este comportamiento se contrapone a la idea de verdadera virtud que se vive, se cultiva y practica en silencio y apartado, sin necesidad de pregonarse al mundo.
Aristóteles ya advertía que la virtud, para ser auténtica, debe surgir de un ejercicio constante y personal de honradez, más que de una ostentación que busca continuamente la aprobación social (entendiendo) que la condición natural (de uno ser) se construye en la intimidad de las acciones diarias y pensada, en donde la humildad y la integridad se entrelazan sin necesidad de anunciarlas rotundamente y donde una imagen (de uno dicen) y vale más que mil palabras articuladas sobre sí mismo. En este sentido, mostrarse en público placiéndose explícitamente en las propias virtudes se convierte en reflejo de una crisis de autenticidad, en la que el deseo de ser→ del pensamiento, del otro, y reconocido opaca la verdadera belleza (e imagen) de una conducta virtuosa respecto del otro. Lo que obliga a replantearse de unomismo la manera o necesidad de expresarnos (más allá de lo que somos y que de la propia imagen ya manifestamos), recordándonos que el valor real de cada uno reside en la coherencia entre lo que somos y reflejamos (desde la propia imagen que nos define de lo que hacemos y somos por dentro siendo de unomismo / más allá de todo aquello que de la cotidianidad en la sociedad actual nos resulta inaceptable, y nos lleva a movernos de lo que de ninguna manera podemos soportar).
No hay comentarios:
Publicar un comentario