Toda persona, en algún momento, experimenta una preocupación latente por el futuro, una inquietud que se manifiesta de manera inevitable. No en vano, el futuro es algo que se nos viene encima sin posibilidad de esquivarlo, como ese tren que sentimos acercarse sin verlo cuando caminamos sobre las vías. Esa sensación de inminencia reviste muchas veces después un agrio carácter de opresión al sentir algo próximo, sin que podamos determinar con certeza su desenlace, lo que genera un estado de tensión, en mi caso, similar a la de aquel rechinar de los propios dientes: una presión contenida que nos atraviesa y se vuelve parte de nuestra existencia. Ese carácter opresivo del futuro no es solo una percepción individual, sino un fenómeno que se extiende y manifiesta de la sociedad en su conjunto en todos los ámbitos de la vida dentro de una organización social donde entregamos nuestra voluntad i confianza (absurdamente) a un Leviatán ―como lo llamaba Hobbes― que no pensamos antes y cada vez más desfigurado: desde lo económico hasta lo político, desde lo laboral hasta lo personal. Luego la incertidumbre se convierte en el núcleo de nuestras preocupaciones, y el sistema que habitamos parece amplificar este desasosiego al no haber (nosotros) calculado ni habernos cuestionado realmente acerca del poder que ejercen sobre nosotros quienes administran el destino colectivo. Hobbes, advertía sobre el dominio absoluto de un ente creado para controlar y regular la sociedad, que con el tiempo ha perdido toda forma reconocible y se ha convertido en una estructura deforme y extensa (de leyes absurdas) cuyos sujetos (más absurdos todavía) no son realmente ciudadanos autónomos, sino engranajes sujetos de un mecanismo que decide por nosotros Desde el momento en que nacemos, incluso después de morir, seguimos sometidos a esa estructura que determina incluso el lugar donde reposaremos eternamente. Luego de esta dominación y estrangulamiento de posibilidades no es solo la angustia por lo que vendrá, sino también la conciencia de que, en muchas ocasiones, nuestro destino no nos pertenece del todo. Y así avanzamos hoy, como quien se mueve sin opción de detenerse y arrastrado por una corriente que, aunque cause vértigo, obliga a seguir adelante, aunque el horizonte se presente incierto y cada decisión esté condicionada por fuerzas que apenas logramos comprender.
No hay comentarios:
Publicar un comentario