Cuando empezamos a escuchar empezamos a vivir. / jorge maqueda merchán / jordi maqueda (Acecuchal 06207 (Badajoz -España)

Todos queremos vivir y ser felices: pero vivir no-es (ser felices) sino después hallar impropia esa felicidad (de la que otros hablan / que en general es→ luego la labor perpetua del hombre y esperarla su castigo. Pues “ser→ del pensamiento” en la palabra (felicidad) es un estado de gracia que no-es: sino→ en conciencia a cada instante (de lo que no-es→ en lugar y tiempo / pero donde en ocasiones creemos estar en él imaginando-que uno es→ de una realidad que de inmediato advertimos se trata de una ilusión temporal: que no-es reflejo de realidad alguna, sino una fantasía que nos llena de desconsuelo al comprobar después que seguimos igual donde antes con los pies son sobre el suelo”. Pero el hombre solo aprende desde el momento en que solo puede esperar nada: luego uno se pregunta (de estos tiempos que nos toca vivir) cómo podemos alegrarnos de una luz que otros no pueden ver; o cómo puedo sentirme en paz (o feliz) cuando del viento en el aire escucho llorar a otros que sufren el horror de la guerra. Y es llegado a ese punto —en que todo pensamiento al respecto es Nada y “hablar por hablar de nada” cuando escuchar de felicidad en general es inútil o absurdo como la compasión o misericordia que resultan→ solo palabras cuando en boca de nadie son tan ineficaces como una señal de tráfico centelleando entre tanta lucidez improductiva a la que no hacemos ni caso.

No se trata pues de buscar consuelo en la idea de la felicidad, sino de abrir el cuerpo a la complejidad del instante en aquel silencio antes que precede al asombro de escuchar el llanto como el punto de partida de una vida sin atajos y sentir (de la vida nueva) la tensión entre oscuridad y la luz que no todos alcanza. Vivir, entonces, se convierte en un ejercicio de presencia y permitir lo que puede nacer de gestos simples y detenerse a escuchar de verdad, para cuestionarse de uno lo estable, y negarse a reproducir discursos y, en lo inmediato, tender la mano y compartir el pan o el silencio con quien lo necesite. Porque si aceptar la nada es la condición para aprender de todo, entonces la verdadera tarea es habitar la incertidumbre sin huir y cada día caminar con la conciencia de que saber que poseemos nuestra propia luz, pero podemos reflejarnos de la de otros, y entre paréntesis de un respiro breve en el que recuperamos aire hablar antes de volver y abrazar la fragilidad compartida como el terreno donde germina cualquier cambio real.

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