Cuando empezamos a
escuchar / empezamos a vivir. Todos queremos vivir: pero vivir
no-es (ser felices) sino después hallar impropia esa felicidad (de la que otros
hablan / que en general es→ luego la labor perpetua del hombre y esperarla su
castigo. Pues “ser→ del pensamiento” en la palabra (felicidad) es un estado de
gracia que no-es: sino→ en conciencia a cada instante (de lo que no-es→ en
lugar y tiempo / pero donde en ocasiones creemos estar en él imaginando-que uno
es→ de una realidad que de inmediato advertimos se trata de una ilusión
temporal: que no-es reflejo de realidad alguna, sino una fantasía que nos llena
de desconsuelo al comprobar después que seguimos igual donde antes con los pies
son sobre el suelo”. Pero el hombre solo aprende desde el momento en que solo
puede esperar nada: luego uno se pregunta (de estos tiempos que nos toca vivir)
cómo podemos alegrarnos de una luz que otros no pueden ver; o cómo puedo
sentirme en paz (o feliz) cuando del viento en el aire escucho llorar a otros
que sufren el horror de la guerra. Y es llegado a ese punto —en que todo
pensamiento al respecto es Nada y “hablar por hablar de nada” cuando escuchar
de felicidad en general es inútil o absurdo como la compasión o misericordia
que resultan→ solo palabras cuando en boca de nadie son tan ineficaces como una
señal de tráfico centelleando entre tanta lucidez improductiva a la que no
hacemos ni caso.
No se trata pues de
buscar consuelo en la idea de la felicidad, sino de abrir el cuerpo a la
complejidad del instante en aquel silencio antes que precede al asombro de
escuchar el llanto como el punto de partida de una vida sin atajos y sentir (de
la vida nueva) la tensión entre oscuridad y la luz que no todos alcanza. Vivir,
entonces, se convierte en un ejercicio de presencia y permitir lo que puede
nacer de gestos simples y detenerse a escuchar de verdad, para cuestionarse de
uno lo estable, y negarse a reproducir discursos y, en lo inmediato, tender la
mano y compartir el pan o el silencio con quien lo necesite. Porque si aceptar
la nada es la condición para aprender de todo, entonces la verdadera tarea es
habitar la incertidumbre sin huir y cada día caminar con la conciencia de que
saber que poseemos nuestra propia luz, pero podemos reflejarnos de la de otros,
y entre paréntesis de un respiro breve en el que recuperamos aire hablar antes
de volver y abrazar la fragilidad compartida como el terreno donde germina cualquier
cambio real.
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